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Son pocas las cosas que activan, movilizan y congregan a vecinos, amigos y a diferentes grupos. Son pocos los espacios dónde podemos dejar de lado diferencias, juicios históricos y distancias.
Jueves 5 de Enero, 16:30 horas. Algo huele mal, ruidos extraños, más agitación de lo normal. La casa de la esquina se está quemando. Hay fuego en una de las piezas, amenazante, imprudente y veloz. Lo primero es lo primero: que no haya nadie dentro de la casa. Después algunos muebles, objetos queridos, lo que se alcance a rescatar.
Llegan los bomberos, sus trajes, cascos, mangueras y hachas. Los vecinos somos más y ellos se confunden entre nosotros en una sola multitud: atacar las llamas, romper paredes, vigas y ventanas. Todo vale. El Adrián sigue llenando baldes, el “Lelo” ya no da más. Finalmente, el incendio se apaga. Quedan casas destruidas y con ellas, la certeza de que algo hay que hacer.
Esa misma tarde la Belén, se acerca para pedir ayuda. La cosa está complicada, se perdió casi todo y algo hay que hacer. Espontáneamente aparece la idea de un Bingo. Hay que hacerlo lo antes posible. Invitamos a todos los amigos y vecinos a participar. Que sea una fiesta. No demoran en aparecer las ayudas. La Anita y el David se ponen con los “terremotos”, otro vecino con el tomate y las vienesas. La Biblioteca “Luisa Toledo” regala cien choripanes. Una lista larguísima de donaciones. Somos todos un sólo equipo: vecinos y amigos que queremos ayudar.

Viernes 13 de Enero, Llegó el día del Bingo. De a poco las mesas se fueron llenando. Empezaron a correr los “terremotos”, bebidas, completos y choripanes. La “Vero” y la Romina reparten los primeros cartones. La Ignacia gira la tómbola. El Diego anuncia: “El uno con el seis, dieciséis”, grita con fuerza. Se nos fue el primer premio: un tostador. No nos dimos ni cuenta y ya se iban las bicicletas, el microondas y se nos fue el plasma. No sé si estarán de acuerdo conmigo, pero lo pasamos bien. Había un ambiente especial: risas y bromas. Las familias afectadas por el incendio trabajaban con alegría, y los vecinos jugaban cada cartón, se comían los completos y se tomaban los “terremotos” con ganas. Había que ayudar, finalmente, de eso se trataba.
Fue una noche especial. Con el esfuerzo de varios y con la ayuda de muchos, se armó una fiesta. Una fiesta improvisada pero exitosa, como esas jugadas de fútbol, esos dibujos casuales y acrobacias que de pronto salen, pero cuando las quieres hacer de nuevo para que te vea tu mamá, no hay caso. Al terminar la jornada, los agradecimientos. El “Mati” nos quería a todos un poco más, porque a veces cuesta creer que tanta gente haga tanto sólo por la buena onda. A la Señora Irma y su marido les faltaban palabras para agradecer. Los chiquillos de la biblioteca se sacaban la polera roja que los identifica y todos los vecinos que ayudaron volvían a sus casas a retomar las tareas que dejaron por ayudar: hacer la cama, terminar de ordenar, planchar o cocinar. Ese día, había otras prioridades y cosas más importantes que hacer. Fue una sintonía de casualidades, disposiciones y energías, que sin duda dejan una propuesta y una confianza: si a alguno de nosotros le pasa algo, por lo menos un Bingo habrá ¿o no?.

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