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Comienza la marcha, voy rumbo al paradero… “hola tío, y pa’ cuándo el campeonato?” Ante tan efusivo saludo doy media vuelta y me encuentro frente a frente con un muchacho de 18 años que todos llaman “Correcaminos”. Mientras me estrecha la mano, le respondo con otra pregunta:¿hablaste con tus amigos?. Me cuenta alegre que “somos más de 15 los que podemos participar, pa’ hacer algo diferente, pa’ salir de la volá”.
La “volá” a la que se refiere implica delito y consumo de drogas, una volá que nace de la ausencia de “algo diferente”, volá en la cual nacieron él, toda su generación y la gran mayoría de sus padres, en una de las tantas poblaciones marginadas del Gran Santiago.
-¿Estás metido en muchos ataos?. Igual harto, tengo 18, he estado en las ‘canas’ del SENAME y tengo 7 años de libertad asistida por cumplir todavía.


-¿Y la escuela? Voy en tercero medio… -¿vas a terminar?. Me responde con los ojos sumergidos en algún charco de desconsuelo y me responde con otra pregunta… ¿y pa’ qué?
Continúo el camino sin ninguna respuesta, me encuentro con el Matías a quien invito a mi cumpleaños y le aprovecho de preguntar cuándo es el suyo “…el 28 tío, el 28 del último mes”. El Mati tiene 11 años, no sabe que diciembre es el último mes, ni que la P con la A dice PA, no sabe tampoco dónde vive su papá, ni tampoco cómo se escribe esa palabra… no conoce las operaciones matemáticas, ni cómo se hace con un papel y unas tijeras una figura geométrica tan simple como un triángulo.
Eso sí, sabe muy bien cómo hacer una escopeta hechiza, reconoce las diferencias de calibres de armas de fuego con sólo escuchar sus disparos, los mismos que el invierno pasado mataron a uno de sus amigos… “se lo pitearon los ratis, pero no creo que se acuerde, porque no salió en la tele…”.


Apenas unas cuadras más allá me detiene tiernamente una niña de 13 años, Thiare, quien anda en busca de mejores horizontes para seguir estudiando… “tío, conoce algún colegio bueno?” Nuevamente respondo con otra pregunta -¿y qué sería un colegio bueno?, “uno que no llegue hasta octavo no más po’…”.
Claro, en el contexto de esa niña, no existe oferta pública de Educación Media. Simplemente, no hay liceos para una población de 50 mil personas, y como desconozco si al menos uno de los 80 liceos de excelencia que ha prometido el actual gobierno va a ser construidos en alguna población marginada del país, la pregunta del “Correcaminos” me sigue acompañando en mi marcha por la población.
Me encuentro ahora con el “Loco Maikel”, vecino de unos 40 años cuya lucidez es siempre un agrado de compartir. Le cuento de mis encuentros anteriores, de lo mal educados que somos como sociedad al legitimar y defender un modo de hacer educación tan mediocre, tan resignado y esclavo de su propia crueldad. Para el loco la situación es bien clara…


“Y pa que te calentai la cabeza? Acá la escuela es la calle, los cabros aprenden lo que les enseña el ambiente en que viven, lo que ven en su casas: peleas, disparos, finaos, “weones” volaos, los pacos y los ratis que llegan con la tele, la gente que no tiene pega… los cabros chicos cachan todo, acá no se puede tirar pa’ arriba y eso los cabros chicos también lo aprenden…”


Imagínate po’ Víctor, que el cabro de allá de la esquina entró al instituto o algo así, el papá se saca la cresta todos los días en la construcción, la mamá también hace lo que puede y el presidente le quitó la beca po’… y que le vai a hacer? Si el presidente es el presidente y él primero tiene que verla por el país, después por nosotros…”. ¿Y para qué?... La pregunta sigue en mente y encuentro la respuesta mirando alrededor, allí, donde la vergüenza de nuestra herida se desparrama, sólo para dibujar el desigual paisaje donde conviven la autopista con el basural.