Columna | Siga participando

3 octubre, 2018



Hoy, si cualquier persona quisiera mejorar las condiciones de habitabilidad de su barrio tendría tres opciones. La primera: autogestionar de principio a fin recursos para alguna iniciativa o proyecto (política de bingos). La segunda, conocer y lograr empatizar con alguna autoridad con la capacidad de movilizar recursos; lo cual requiere cierto nivel de contacto y/o saber estar en el lugar y momento correcto. La tercera opción – que, a mi juicio, es por la que opta la mayoría de las personas y organizaciones – es postular a algún fondo concursable privado, público o internacional. En esta línea, existe un centenar de recursos disponibles para abordar temáticas como medio ambiente, seguridad, cultura, deporte, y un largo etcétera, por los que compiten desde clubes deportivos de La Reina hasta juntas de vecinos de Padre Hurtado. Fundaciones que combaten la pobreza con agrupaciones culturales que realizan batucadas; es el mismo formulario en línea que deben realizar los clubes de adulto mayor y las organizaciones juveniles, donde poco importa el nivel educacional y la zona de donde provenga la postulación mientras exista un proyecto coherente y acorde a la temática del fondo postulado.

El problema, más allá de la competencia injusta a la que están sujetas las organizaciones para mejorar sus barrios, es que no estamos entendiendo la participación de la comunidad como un valor fundamental en el desarrollo de nuestras ciudades. No estamos entendiendo que cada lugar tiene sus propias fortalezas, su propia identidad, sus propias urgencias y dolores.

Es muy difícil que alguien niegue las virtudes de la participación y el involucramiento de los habitantes en los proyectos que darán mejoras a sus barrios. Sin embargo, ésta sigue supeditada a proyectos predefinidos o a meras consultas ciudadanas que poco tienen de vinculantes. Y seguimos considerando, sobre todo en los barrios más vulnerables, a los ciudadanos y ciudadanas como receptores de beneficios.

En este día mundial del hábitat pongamos en valor la identidad que tiene cada territorio, su memoria y sus organizaciones; recordemos que las personas que mejor conocen los problemas y sus posibles soluciones son los habitantes de esos lugares. Esperamos que el desafío de poner la mirada en los barrios más excluidos donde no llegan los beneficios de la ciudad sea desde esa perspectiva. La de propiciar una participación temprana y vinculante en el diseño y desarrollo de estos lugares, con instrumentos que ayuden a equiparar el nivel de información y con facilitadores imparciales que logren estar por sobre los intereses de las partes. En definitiva, que la convicción que hoy nadie niega se transforme en resultados que tengan como eje rector la apropiación de los ciudadanos de sus barrios y su desarrollo.

Javier Morales, Director Ejecutivo

Fundación Junto Al Barrio